La Identidad Cristiana en un Mundo Corrompido

La identidad es el conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás (Diccionario RAE).  Por lo tanto, hay una identidad personal y comunitaria que están en constante dinámica. Ya que, tanto las cualidades, actitudes, hábitos, expresiones e idiosincrasia que distinguen a cada individuo influyen en el comportamiento de una comunidad, como también ésta influye en cada individuo que la integra.

         La identidad personal, aunque es manifiesta externamente, es interna, y desde el momento de la concepción es formada por rasgos heredados genéticamente y otros que Dios soberanamente implanta en el ser de cada persona. El salmista expresa: “Tú hiciste todo mi ser, tanto mis sentimientos como mi cuerpo, desde que me hiciste tomar forma en el vientre de mi madre. Te agradezco porque me hiciste de una manera maravillosa; sé muy bien que tus obras son maravillosas” (Sal 139:13-14 PDT). Sin embargo, también el salmista expresa: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal 51:5 RV60). Entonces, aunque hay una identidad desde la concepción, también hay un gen pecaminoso que corrompe a la persona e inclina sus pensamientos y acciones a hacer lo malo. El apóstol Pablo diría: “¡Soy un pobre desgraciado! ¿Quién me libertará de esta vida dominada por el pecado y la muerte? (Ro 7:24 NTV).

         Ante esta realidad, tanto la identidad personal como la comunitaria está corrompida. Es decir, la imagen de Dios en la humanidad esta distorsionada (cf. Gn 1:27). Los noticieros, la prensa, los programas de TV, las redes sociales y en todos los medios de comunicación se puede percibir a la humanidad inclinándose a hacer lo malo. Los personajes de la farándula expresan su identidad corrompida y depravada por medio de sus canciones, actuaciones, vestuario, vocabulario y actitudes. En la actualidad es común los movimientos que promueven una agenda en contra del sentir natural que Dios implantó en el corazón del hombre. Un sector de las ciencias medicas está promoviendo cirugías estéticas que desafían la edad y atentan con lo natural de las expresiones del rostro; otras personas se someten a cirugías complejas para desafiar la biología de sus cuerpos. Como dijo Pablo: “cambiaron el uso natural por el que contra naturaleza” (Ro 1:27 RV60).

         La familia también se ha visto afectada por la corrupción de la identidad del hombre, no solo por las nuevas ideologías de género, sino con la infidelidad, la falta de perdón, el machismo, el feminismo extremo, la irresponsabilidad, el deseo compulsivo de los padres por el trabajo y el dinero, entre otros. Esto atenta con la identidad de los hijos, quienes ante la crisis interna encuentran refugio en los en vicios, drogas y sexo.  

         También en nuestro entorno se perciben incoherencias en el hecho de que, hay grupos de personas luchando por los derechos del medio ambiente y del planeta. Sin embargo, también vemos a otros grupos apelando a que el aborto se legalice e ignorando los derechos de un ser humano que está en el vientre de su madre. Otro aspecto que muestra una identidad confusa es el sincretismo que se está observando en las practicas religiosas. El cual ha afectado el cristianismo latinoamericano al verse dentro de sus prácticas expresiones muy propias de las religiones ancestrales. También, las prácticas religiosas orientales han influenciado hoy a muchos jóvenes, los cuales prefieren vivir una espiritualidad individual y centrada en su yo interno, y no en una espiritualidad en comunidad. Otro aspecto a notar es la influencia de los artistas seculares en la música cristiana. Pues muchos de éstos escriben canciones religiosas, poniendo una pausa a las letras que impulsan a sus seguidores al sexo inmoral, la codicia, avaricia y a toda expresión de pecado, para reemplazarlas con letras dirigidas a Dios.

         En el escenario cristiano, también el pecado ha hecho de las suyas.  El término cristiano también se ha corrompido en la historia, siendo este un título dado por la sociedad del primer siglo a los seguidores de Jesús por su identidad diferente a la del mundo (Hch 11:26), después del siglo V empezó a ser un nombre que poco a poco fue denotando poder, avaricia, arrogancia, abuso de poder, asesinato, hipocresía, injusticia, falta de misericordia, e inclusive pecado. Más adelante en el siglo XVI surgió un movimiento de cristianos a quienes se les llamó protestantes, los cuales reenfocaron sus vidas y predicaciones al estudio de la Biblia y a la moralidad del evangelio de Jesucristo. Pero lamentablemente, nuevamente se cayó en un evangelio de libro y doctrina. Así, nuevamente en el siglo XVIII Dios levantó a grandes hombres de Dios que predicaron en las calles y los parques, llamando a los creyentes a la lectura de la Biblia, la oración y la santidad. Este movimiento al llegar a Estados Unidos dio lugar a un nuevo mover de Dios, dando inicio al movimiento evangélico. Entonces, un nuevo nombre identificó a un grupo de creyentes. Ya no solo estaban los cristianos, o protestantes, sino también los evangélicos, quienes levantaron nuevamente la Biblia como norma de fe y conducta. Tanto la comunidad anglosajona como norteamericana empezó a predicar el evangelio y empezaron a enviar misioneros en diferentes continentes, entre ellos, el continente latinoamericano. En todo el siglo XX, el movimiento evangélico permeó los corazones de los países, marcando una fuerte distinción moral y litúrgica entre el cristianismo tradicional (católico) y los cristianos evangélicos. Sin embargo, poco a poco el título “evangélico” fue perdiendo prestigio, pues muchos líderes se enriquecieron y usaron la fe para hacerse de seguidores. El alejamiento a la Escritura nuevamente empezó a hacer que un grupo de evangélicos tuvieran prácticas que estaban lejos del sentir de la Biblia, enfocando el culto a Dios en experiencias que poco provecho trajo a la santidad de la iglesia.  Algunos otros apelaron a una teología enfocada en lo material y al ego del creyente. Otro grupo formuló doctrinas humanas que fueron más importantes que el amor y la misericordia. Entonces, la identidad “evangélica” también empezó a corromperse y a denotar corrupción, hipocresía, dogmatismo, desamor, legalismo, avaricia, engaño, entre otros.

         Todo lo anterior dibuja el rostro de la humanidad actual. Una sociedad con una identidad distorsionada y difícil de comprender; y una iglesia con feligreses sin identidad cristiana, ya sea por falta de una verdadera conversión o por falta de santidad y compromiso al Señor. Paradójicamente, se vive en un país lleno de iglesias con miembros cristianos, pero que carecen de una identidad cristiana que sea relevante para la sociedad. Muchos se afanan tanto en decir que son parte de “x” o “y” grupo o denominación. Algunos están proponiendo un nuevo apelativo al título “cristiano” para sustituir al desprestigiado antecesor “evangélico”. Pero es evidente que la identidad cristiana no depende del nombre o grupo cristiano al que se pertenece, sino a la obra regeneradora del Espíritu en el corazón de las personas.

         En medio de todo, hay esperanza en Jesucristo y su evangelio. ¡La identidad de las personas puede realmente ser restaurada! ¡la identidad de los verdaderos creyentes ya ha sido restaurada! El apóstol Pablo escribe: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas” (2 Cor 5:17). Esta es una verdad que puede transformar sociedades y es una realidad que debe ser mostrada por todo creyente. Ante esto, el cristiano en general debe evaluar su condición. ¿Soy cristiano por tradición o por convicción? ¿Soy cristiano producto de una confesión dirigida o producto de una confesión genuina? ¿Estoy consciente de la restauración de mi identidad? ¿La obra de Dios en el creyente se limita a aspectos espirituales o hay una transformación que trastorna su realidad?

         Definitivamente algo tiene que pasar cuando las personas, cuya identidad ha sido restaurada, empiezan a desenvolverse en la sociedad. El apóstol Pablo sigue en su carta expresando que, la obra restauradora en los creyentes viene de Dios y los capacita para ser ministros de reconciliación (2 Cor 2:18). Este ministerio no solo hace que las personas sean restauradas e inicien a vivir como nuevas criaturas, sino hará sociedades restauradas que muestren una identidad cristiana de justicia, amor y perdón. Si la sociedad le puso el título de “cristianos” a los creyentes (cf. Hch 11:26) por el impacto que su identidad restaurada tuvo entre ellos, dejemos de preocuparnos por cómo llamarnos y empecemos a mostrar el evangelio por medio de lo que somos y hacemos.

 

Sobre el autor

Daniel Escobar. Licenciado en Biblia y Ministerio del programa en Residencia del Seminario Bíblico Guatemalteco. Ingeniero in fieri y estudiante de Maestría en Biblia en el Seminario Teológico Centroamericano.  Junto a su esposa Loida tienen dos hijos: Juan Daniel y Sebastián. Actualmente sirve como maestro adjunto del SBG y es pastor de la iglesia "Dios ha sido Fiel" del Tejar, Chimaltenango.